El vidrio transparente deja ver el hervor, el punto del arroz o el color del guiso sin levantar la tapa. No se escapa el vapor y la comida no se baja de temperatura.
A diferencia del metal, el vidrio no reacciona con los alimentos ácidos: el tomate, el limón o el vinagre saben a lo que son. Y no absorbe olores de una comida a la otra.
Aguanta temperaturas altas, así que empiezas el guiso en la estufa y lo terminas en el horno en la misma olla. Y como se ve bien, se lleva directo a la mesa sin pasar a otro recipiente.
El vidrio reparte el calor por toda la olla y lo conserva, así que se puede cocinar a fuego más bajo. El fondo no se quema mientras lo de arriba todavía está crudo.
Da para la sopa, el sancocho, el frijol o un estofado para toda la familia, y con la tapa incluida se guarda lo que sobra sin cambiar de recipiente.
La superficie no es porosa: la grasa no se agarra y el olor no se queda. Se enjuaga y vuelve a quedar transparente, sin esas manchas que nunca salen de las ollas viejas.
1 Olla de vidrio transparente con su tapa.
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